jueves, 3 de octubre de 2013

Shikaeshi! (¡Venganza!)

Aunque últimamente no tengo tiempo para colgar las cosas que me gustaría (por ejemplo, las delicias del decimonónico ensayo Walden, de Henry David Thoreau, 1854, que gustoso estoy leyendo), no puedo sustraerme de hacer un comentario sobre las dos últimas cintas que he visto.

Curiosamente, viene a coincidir que ambas son orientales (una sur-coreana, otra japonesa) y ambas versan sobre la venganza. Pero si me han sorprendido es porque ambas lo hacen de manera muy original.

La primera es Old Boy, de Park Chan-Wook (2003). Me ha parecido una obra maestra, como ya me prevenían las innumerables críticas. Otras cintas orientales que incluyen violencia se me han podido atragantar, y hasta he tenido que cortarlas a mitad (me viene a la cabeza Izo; cuando vi a un gato con el ojito colgando, me dije que no tenía por qué soportar el pésimo gusto de su director, y no perdí más tiempo con la película). Ésta no, porque contiene algo. Me atrevería a decir que el estilo de Park Chan-Wook ha dejado huella en el cine occidental comercial, pues mientras veía Old Boy me quedaba claro que Nolan ha de ser admirador del trabajo del sur-coreano: la contundencia, el dramatismo... solo que con Chan-Wook la cosa llega a adquirir tintes verdaderamente poéticos. En resumen, si la historia que cuenta esta cinta me ha gustado es porque en ella, el protagonista, el supuesto vengador, resulta ser la víctima. El auténtico vengador es el tipo del traje, enfermo hasta la médula. El vengador vengado. Siempre hay alguien más fuerte. Lo bonito es que el protagonista sobrevive porque alberga buenos sentimientos, por su bondad, y aunque mutilado, vive a malas penas para contarlo y conserva el amor (en forma de mujer). Sobrevive a malas penas a su vengador, al monstruo, que acaba cayendo por su propia mano.



Las segunda, en este "díptico de la venganza", o de la no-venganza, es Hana de Kore-Eda Hirokazu (2006), también director de Nadie Sabe. Una delicia para los sentidos, y para el espíritu. Pero ¿qué es lo interesante aquí? La negación total de la venganza. En la cinta, un joven samurai profesor se siente obligado por las normas de la tradición y de su clan a vengar a su padre, que fue asesinado. Pero él no alberga odio. Acaba perdonando implícitamente al asesino, aceptando a su hijo en su escuela, y montando un divertido tinglado teatral para engañar a su clan haciéndole creer que en efecto ha matado a su asesino, recibiendo de ellos el reconocimiento y una buena suma de dinero que da a sus vecinos pobres para que puedan pagar el alquiler y no ser echados del barrio. La metáfora presente en toda la cinta es la de transformar la venganza en amor, lo malo en bueno, materializada en el hecho de que los vecinos pobres venden sus excrementos como abono a cambio de dinero con el que compran pasteles de arroz: transformar las heces en pasteles de arroz. Esta es la primera cinta de samuráis que veo que no se soluciona con un combate. Sino con cabeza y buenos sentimientos. Precioso. De verdad.



Nunca me ha gustado la idea de venganza.

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