miércoles, 30 de octubre de 2013

Astro Gangar



El pasado domingo día 27 de Octubre, tuve el placer de asistir a la II Muestra de Ilustradores murcianos "Murcia Ilustra", celebrada en el Cuartel de Artillería del ínclito Barrio del Carmen (no sé qué tiene este barrio, si es el hecho de que mis abuelos, mi madre y mi tío vivieron mucho tiempo allí, si son los aires de pueblo o de barrio viejo que lo inundan, si es una cierta buena integración del colectivo de inmigrantes y la consecuente multiculturalidad visible en sus calles, si es la comunión entre lo viejo y lo nuevo, o si es simple y sana nostalgia de la niñez al mirar los vetustos y floridos balcones donde otrora yo mismo pudiera corretear creando ensoñaciones postmodernas sobre telón de fondo costumbrista), acompañado de mi esposa y de un viejo amigo.
Allí, entre otros muchos, pude conocer al gran Fran Sáez. Y digo grande con todas las de la ley, porque "el movimiento se demuestra andando". Me lo encontré detrás de una mesa, dibujando esmeradamente con una sonrisa en los labios, una sonrisa que parece a su vez dibujada y entintada con Rotring en su rostro.

-Estoy dibujando mechas- pronunció "mecas"; robots japoneses- ¿Has visto Pacific Rim? Me estoy basando en sus diseños.

Le expresé mi opinión sobre el género mech del manga y anime japonés; le dije que en ese asunto soy más de la visión de Hayao Miyazaki, que declaró, hace ya años, que no comprendía por qué sus contemporáneos (japoneses) seguían dibujando género mech. Que soy más de madera y hoja que de tornillo y circuito, y que a menudo el género no transmite sino pesadillas de tecnología militar, belicismo. También le dije mi opinión sobre la película de Guillermo Del Toro: que la estética estaba muy lograda, pero que le faltaba ese ápice de "poesía" y espiritualidad, de introspección psicológica que tiene el mismo género en Japón. Hablamos de las concomitancias entre Pacific Rim y Neon Génesis: Evangelion, el celebérrimo anime japonés. A su lado había una cuartilla a medio dibujar con un robot bastante vacilón que había sido bautizado como Joe Locomotive, obra de Akira Sanz, otro grande murciano que se había ausentado en ese momento.

-Aún así- continué-, si tengo que elegir un mecha entre todos los que hay, personalmente me quedo con uno bastante desconocido de los años 70s llamado Gangar- dije, con timidez, consciente de la poca difusión que tuvo aquel dibujo animado en nuestro país.

Fran me miró con los ojos como platos, el gesto cambiado. Se levantó con la sonrisa perfilada con Rotring 0.8 y me apretó la mano con fuerza.

-¡Coño, Gangar! ¡Lo conoces!

Mi sorpresa fue equiparable a la suya, pues en treinta y tres años que tengo no conocí a nadie (excepto mi hermano y mis padres) que supiera de un robot llamado Astro Gangar, con cara de hombre y cuerpo metálico bicolor. Hablamos un rato sobre él. Hablamos sobre lo egregio de su diseño, sencillo pero sumamente estilizado, robusto pero a la vez elegante. Hablamos de su extraña naturaleza: acaso no es un robot convencional como su más famoso compañero Mazinger, sino más bien, como apuntó Fran, un golem gigante, ya que está hecho de un material llamado "metal viviente" que la madre de Cántaro (la traducción que le dieron al protagonista, que creo que se llamaba Kenshiro en el original) le legó a éste antes de fallecer. Hablamos de lo especial y particular  de su idiosincrasia: mientras otros robots eran pilotados con mandos desde una cabina en su interior, Cántaro invocaba a Gangar, cuando se veía en peligro, mediante un medallón que su madre le dejó. Luego el niño parecía convertirse en energía y se introducía en el pecho del titánico robot, como un hálito, como un espíritu, dando así, como resultado, un hombre con alma de niño. Un hombre de treinta varas de altitud con la ilusión y los sueños de un niño que ha madurado deprisa por el drama de perder a su madre. Seguimos ahondando en lo original de su diseño: su cara parece humana, con un protector de barbilla y un casco. Aquello le otorgaba un aspecto humano, y un punto doliente y trágico reforzado por el patetismo de las trompetas de su muy japonesa banda sonora, llena de acordes menores y salpicada de tintes heroicos. Tenía la mirada perdida y el ceño medio fruncido, y rara vez sonreía. Reflexionamos sobre las razones de su escasa celebridad: Fran apuntó acertadamente que la serie empezó a emitirse pocos meses antes de la famosa Mazinger-Z, cuya popularidad acabó barriendo a Astro Gangar, que fue cancelada. Una lástima , porque creo que la prefería, por su fetichismo, su temática, su argumento... Apuntó Fran que prefería los diseños de los robots de antes porque eran descaradamente horteras: ¿Por qué puede un robot gigante llevar falda romana? Observé que hoy día los mechs suelen ser más funcionales, dada la explicitud a la que hoy se somete toda la cultura popular en detrimento de la abstracción.

Pero si digo que Fran es grande es, como dije arriba, porque "el movimiento se demuestra andando". Henchido de inspiración por la conversación que mantuvimos, sacó una cuartilla y empezó a dibujar como loco.

-¿Te busco una imagen con el móvil?- le pregunté.

-No, no hace falta. La tengo en mente.

Dibujó a Gangar y lo coloreó (con ese rojo carmesí tan de los 70s y 80s y un azul metálico) en cuestión de minutos, no sé... ¿cinco?; así, espontáneamente. Luego me regaló la cuartilla. Habría pagado por ella, os lo aseguro, si hubiera podido. Me la dedicó y la tituló "Astro Antonio". Astros somos todos, pero sentí un agradable y secreto cosquilleo al ver mi nombre sobre el rostro del robot de mi infancia, que nadie conoce. Nos hicimos una foto:



Le salió esandalosamente parecido al original:





Por cierto, Fran... ¡Al final es cierto que tenía un círculo en el pecho! Un círculo con el mismo simbolito del medallón que porta Cántaro: una cruz-estrella:

Se nos olvidó el detalle del circulito, pero no pasa nada. El rato que pasamos fue impagable, tanto como el dibujo que me llevé bajo el brazo y que paseé orgulloso por todo el Cuartel.

Curiosamente, a la salida, me encontré con un amigo (¡uno de los míticos "Gumias" que hacían doblajes caseros de El Señor de los Anillos, con cierto éxito en youtube!), y al ver el dibujo, me dijo...

-¡Astro Gangar! ¡Cántaro!

Con lo que comprobé que somos ya tres los españoles que conocimos al llamado (en Japón) "robot viviente".

Su madre, proveniente de un planeta en extinción invadido por una beligerante raza, lo esculpió a partir de un trozo de metal. Luego lo introdujo en el fondo de un volcán en las profundidades del océano. Así nació Gangar, cuyo nombre resuena en mi corazón. ¿Qué metáfora, siquiera inintencionada, encierra su particular historia? ¿Es acaso Gangar el Hombre que conserva su alma de niño (su pureza, no su infantilismo, pereza o egoísmo) a través de los consejos de una madre que ha sufrido los estragos del exterminio y la muerte, materializados en forma de medallón cruzado?

Como su nombre, su grito gutural sigue resonando en mi interior, en mi cerebro químico y en mi misma alma, con los brazos enormes y poderosos levantados contra el atardecer:

Gaaaaan-gaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Gracias Fran Sáez, artista de pro, por ese rato. Gracias Japón. Y gracias, Gangar. Por mucho que cancelaran tu serie. Me propuse verla entera (está íntegramente colgada en youtube en castellano).

Os dejo con el Opening o canción de apertura... Una de esas que, de míticas, hielan la sangre y le retrotraen a uno a otro lugar. Mientras creamos nuevos recuerdos, no está de más bucear de vez en cuando en el mar de sensaciones que conservamos de cuando éramos más vírgenes; por si acaso tal vez podemos regresar habiendo desenterrado algún conveniente tesoro, como un medallón luminoso. Quien se reencuentra con su niño interior está un poco más completo.
Los pelos de punta.

Por cierto, Fran... Mira esto, tío:




Si pudiera me hacía con uno...

Y recordad:
Doko- ka dé
Doko- ka dé...



Gangaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar!!!!!!!!

viernes, 11 de octubre de 2013

Padres e hijos.

Normalmente es el padre quien ha de reprender al hijo cuando éste hace gala de malos usos y palabras. ¡Pero cuánto mayor es la dicha del hijo que elogia a su padre por revelarse al fin, por mostrarse tal y como es y pronunciar las palabras que han de ser pronunciadas, en total ejercicio de libertad y dignidad, formando escándalo en las aguas cenagosas y estancadas! ¡Cuánto mayor es el júbilo y el orgullo filial por la vida paterna recién reconquistada!

El hijo se convertirá en padre,
el padre en hijo.

Gracias, Alfonso Cuarón



Gracias, Alfonso Cuarón, por Gravity (2013), deliciosa e intensa metáfora de la concepción y de la regeneración tanto a escala mínima y personal como a escala global y humana. El esperma espacial, que es Sandra, el homo novus (o la mulier nova) fecundando la superficie terrestre en destellos de fuego. Una de las imágenes más poderosas que he contemplado en una pantalla de cine en mi vida. Luego el parto, el parto, el nacimiento. Y la renqueante nueva vida, las temblorosas piernas del hombre nuevo, caminando hacia su nueva vida. Le retrotrae a uno a cuando era espermatozoide. A cuando luchó para conquistar el óvulo. Lo que nunca habíamos pensado es que tal vez alguno de esos otros espermatozoides que murieron por el camino, pudo habernos salvado la vida para que llegásemos a buen puerto, como Clooney. O todos los que murieron. Porque tal vez estaba escrito que Sandra, que nosotros, viviríamos. O tal vez es un milagro que lo hagamos.

Esta película insta a aprovechar la vida.

jueves, 3 de octubre de 2013

Shikaeshi! (¡Venganza!)

Aunque últimamente no tengo tiempo para colgar las cosas que me gustaría (por ejemplo, las delicias del decimonónico ensayo Walden, de Henry David Thoreau, 1854, que gustoso estoy leyendo), no puedo sustraerme de hacer un comentario sobre las dos últimas cintas que he visto.

Curiosamente, viene a coincidir que ambas son orientales (una sur-coreana, otra japonesa) y ambas versan sobre la venganza. Pero si me han sorprendido es porque ambas lo hacen de manera muy original.

La primera es Old Boy, de Park Chan-Wook (2003). Me ha parecido una obra maestra, como ya me prevenían las innumerables críticas. Otras cintas orientales que incluyen violencia se me han podido atragantar, y hasta he tenido que cortarlas a mitad (me viene a la cabeza Izo; cuando vi a un gato con el ojito colgando, me dije que no tenía por qué soportar el pésimo gusto de su director, y no perdí más tiempo con la película). Ésta no, porque contiene algo. Me atrevería a decir que el estilo de Park Chan-Wook ha dejado huella en el cine occidental comercial, pues mientras veía Old Boy me quedaba claro que Nolan ha de ser admirador del trabajo del sur-coreano: la contundencia, el dramatismo... solo que con Chan-Wook la cosa llega a adquirir tintes verdaderamente poéticos. En resumen, si la historia que cuenta esta cinta me ha gustado es porque en ella, el protagonista, el supuesto vengador, resulta ser la víctima. El auténtico vengador es el tipo del traje, enfermo hasta la médula. El vengador vengado. Siempre hay alguien más fuerte. Lo bonito es que el protagonista sobrevive porque alberga buenos sentimientos, por su bondad, y aunque mutilado, vive a malas penas para contarlo y conserva el amor (en forma de mujer). Sobrevive a malas penas a su vengador, al monstruo, que acaba cayendo por su propia mano.



Las segunda, en este "díptico de la venganza", o de la no-venganza, es Hana de Kore-Eda Hirokazu (2006), también director de Nadie Sabe. Una delicia para los sentidos, y para el espíritu. Pero ¿qué es lo interesante aquí? La negación total de la venganza. En la cinta, un joven samurai profesor se siente obligado por las normas de la tradición y de su clan a vengar a su padre, que fue asesinado. Pero él no alberga odio. Acaba perdonando implícitamente al asesino, aceptando a su hijo en su escuela, y montando un divertido tinglado teatral para engañar a su clan haciéndole creer que en efecto ha matado a su asesino, recibiendo de ellos el reconocimiento y una buena suma de dinero que da a sus vecinos pobres para que puedan pagar el alquiler y no ser echados del barrio. La metáfora presente en toda la cinta es la de transformar la venganza en amor, lo malo en bueno, materializada en el hecho de que los vecinos pobres venden sus excrementos como abono a cambio de dinero con el que compran pasteles de arroz: transformar las heces en pasteles de arroz. Esta es la primera cinta de samuráis que veo que no se soluciona con un combate. Sino con cabeza y buenos sentimientos. Precioso. De verdad.



Nunca me ha gustado la idea de venganza.