domingo, 10 de noviembre de 2013

Topicazos españolitos:

"La culpa es de la parienta"


Hace poco escuché una expresión que mi bendita, imparcial y despiadada memoria selectiva había condenado al ostracismo. Alguien entonaba, tratando vanamente de opinar sobre los hábitos de persona ajena, que la culpa era de "la parienta".

En seguida una pregunta me asaltó: ¿Qué clase de persona se atreve a intentar despojar de dignidad a otra atribuyendo sus actos a una hipotética ciega obediencia a una supuesta tiranía conyugal? ¿Acaso no tenemos libertad para actuar, acaso no somos totalmente responsables de nuestros actos, acaso no tenemos dignidad, acaso no respeto? La respuesta a la primera pregunta me llegó ligera y tibia como un viento equinoccial: cualquiera que acusa en esos términos a otro, es porque en casa tiene lo mismo. Aquello de "se cree el ladrón que todos son de su condición". Pero, ay, hay tantas vidas, tantas opciones. 

Me dio que pensar un minuto. En mi caso, mi esposa y yo solemos tomar las decisiones de forma conjunta; en última instancia, la mayoría de veces, hasta reconozco que suelo ostentar la última palabra sobre a dónde vamos, a quién vemos, o a quién dejamos de ver. Aunque cada vez que ella se manifiesta, suele ser para proponer alguna idea infinitamente mejor que cualquiera de las mías; eso también lo reconozco. 

No obstante, mentiría si dijera que ignoro su existencia. Sé que existe. La generala. Pues haberlas, haylas. Y es que, oh amigos, más patética que la figura del calzonazos ibérico doméstico, que deja de pronunciarse y manifestar su verdad, eliminando su libre albedrío (tal vez hasta podemos rastrear un cierto componente biológico en ello: la natural tentativa masculina de placer a la hembra; esto puede resultar hasta bonito, en ciertas dosis), es la de la generala salvaje mediterránea, la cual por ignorancia, costumbre funesta, orgullo, neurosis, hipersensibilidad mal gestionada, o cualquiera que sea la razón, impone su ley por doquier dentro y fuera de su casa impunemente. 

Personalmente, no puedo sino dar gracias al buen Dios por mantenerme alejado de tales toxicidades. Francamente, me siento dichoso.

Habrá que terminar invocando aquellas míticas palabras del amigo Félix:
"Para que en las noches españolas
no dejen de escucharse
los hermosos aullidos
de la generala salvaje nacional"

Entonces, mi pícara, despiadada e imparcial memoria selectiva vuelve a ponerse en funcionamiento, y comienza a olvidar este feo asunto de culpar a la pareja de nadie...
Eliminando archivos,
Eliminando archivos...

, para retornar a nuestra duramente ganada felicidad, a nuestra arduamente lograda paz, a nuestra en buena hora conquistada y a duras penas mantenida libertad... con la firme determinación en el corazón de no volver a perderlas jamás.




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