Blog de Antuán sobre cultura popular, cine, literatura, ciencia-ficción, manga, anime, BD, comic, videojuegos, RPG, música, retro y actual, Historia, Mitología, Política...
Ahora que se acerca el Día Nacional de la Esclerosis Múltiple, he tenido ocasión de ver el siguiente vídeo:
La verdad es que me ha parecido precioso, por su simpatía y originalidad. Pero lo que más me ha gustado es la siguiente frase:
Además, como la EM afecta de forma diferente a cada persona, queríamos un lazo que permitiese a la gente elegir cómo lucirlo.
Porque esa es, al menos en mi experiencia, la gran verdad.
Es curioso cómo, en un momento dado, de pronto todo el mundo parece ser experto en EM, por tres cosas que han podido leer. Pero, ay, lo primero que le dice a uno un buen Neurólogo (no, no el Traumatólogo, ni el Pediatra, ni el Cardiólogo, ni el Hematólogo, ni el Dentista, ni el pescatero... ¡el Neurólogo, el Neurólogo!) es que la EM se manifiesta en cada paciente de una forma distinta y particular... que cada paciente es un Mundo. Que no se puede generalizar demasiado. Como con el individuo en sociedad, con sus parámetros personales y su camino propio.
Me ha gustado la frase y he querido compartirla.
Y tanto me ha gustado que me he descargado la aplicación "Lazo Múltiple" y me he tuneado la cara para contribuir a la causa.
Aquí luzco el Lazo Múltiple cual marca inequívoca de algún linaje de demonios mayores de algún plano elemental perdido. También puede ser visto como unos cuernos (pronunciado "cuennnoh") frontales, al modo de aquellos que Migue Ángel oportunamente cincelara.
Aquí muestro el Lazo como sello de protección. Se trata, concretamente, del sello del Huevo de las Tinieblas. Tranquilos, no lo uso mucho. En esta ocasión ha sido convenientemente invocado para proteger el libre albedrío y la idiosincrasia personal...
Nuevamente no puedo sino referir mis más sinceras recomendaciones hacia el muy ilustre e ilustrado rincón de Letras de Bartolomé Medina, "La Amalgama".
Y es que da gusto ver que, de vez en cuando, se llame a las cosas por su nombre. Bartolo es de esos nombradores, que matiza cada palabra y calcula su peso específico, no aludiendo a nada que no conozca perfectamente. Qué curioso, ahora que he empezado a leer Las Mil y Una Noches, en una edición en cuyo prólogo Michel Gall reza: Los narradores de Las Mil y Una Noches sólo hablaban de cosas que conocían perfectamente. Sus cuentos más extravagantes no son nunca fantasías gratuitas, sino visiones de nosotros mismos.
, al tiempo que destaca el poder de la Palabra como núcleo vertebrador de todo el aparato de cuentos. Tampoco me reservaré ésta que suelta también Monsieur Gall:
El placer de escuchar un buen cuento prevalece sobre las funciones de gobierno.
¿Nos está contando Bartolo cuentos? Lo terrible es que, en su caso, ni precisa de ello para describir la realidad y el estatus quo del Pensamiento en la actualidad. Simplemente nombra a las cosas por su nombre, en un ejercicio de síntesis macrohistórica de la línea filosófica que nos ha traido hasta aquí. Una de las grandes razones por las que me pasé al bando de las Letras fue, tal y como le dije a una compañera historiadora siendo aún un puber universitario: Porque quiero saber lo que pasó. Tal razonamiento presuponía ya, en mi joven mente, una sospecha de decadencia (¡o apoteosis, cuidado!, aquí el quid del razonamiento de Bartolo) de las Ideas. Qué placer cuando alguien más sabio que tú te otorga siquiera alguna mínima clave de por dónde van los tiros, en voz baja y sin salir en los tabloides.
Sus conocimientos en el campo de la Filosofía (esa disciplina que enseña a pensar y a forjar un Pensamiento Propio y que se pretende eliminar en la Educación) rebasan a los míos con creces, y no puedo sino sentir esa apremiante necesidad de aprender y reflexionar más cuando lo leo. Pero mientras encuentro el tiempo para atenuar mi ignorancia, La Amalgama es una lectura reconfortante, estimulante y tremendamente enriquecedora. Esta entrada y la siguiente valgan como muestra.
Habrá que invocar las palabras de aquella Scherezade: El siguiente relato es, si cabe, aún más interesante que este último.
Pues en La Amalgama, no nos cabe duda de que así será.
Ya sea cocinar, fregar los platos, hacer la limpieza o la colada, tender o planchar... Las tareas cotidianas ayudan a centrar la mente y a ordenar las ideas.
No estoy de acuerdo con ninguna educación que exima a los hijos de realizar tareas cotidianas. Al contrario, deberíamos enseñarles desde pequeños a realizarlas, no ya por el rigor o la disciplina, sino para que aprendan a disfrutarlas. Porque, al fin y al cabo, al negárselas, ¿no les estamos impidiendo que disfruten de ellas, de la dimensión cotidiana de la Vida, de la sencillez de los asuntos aparentemente más triviales, de la misma Naturaleza humana?
Enormes los últimos diez minutos de esta película.
El resto de la cinta, como si no lo hubiera visto: militarismo, fomento de la competitividad, presión psicológica, estrés, violencia, calumnia política, belicismo... todo aquello que rechazo. Pero esos últimos diez minutos valen por el resto de la película y por otras tantas más.
¿Un niño superdotado que cuestiona sistemáticamente toda autoridad por encima de él y acaba rechazando la guerra y entablando comunicación con el enemigo, desoyendo a toda su propia especie?... Sí. Oh, Señor, claro que sí.
Para esto está la Ci-Fi, para concienciar. A ver si leo la novela.
Esta mañana, paseando a mi perro, me he encontrado con un cartel en el suelo que rezaba Exposición canina. De inmediato mi sabio perro ha procedido al despiece del mismo, arrancándole trocitos con fruición y regocijo, sacudiendo la cabeza con pedacitos del trofeo entre las fauces, triunfante, dejándolo en retales.
Eso me ha hecho preguntarme: Si viera yo un cartel con el mensaje Exposición humana...
¿Acaso no actuaría igual?
Hace poco escuché una expresión que mi bendita, imparcial y despiadada memoria selectiva había condenado al ostracismo. Alguien entonaba, tratando vanamente de opinar sobre los hábitos de persona ajena, que la culpa era de "la parienta".
En seguida una pregunta me asaltó: ¿Qué clase de persona se atreve a intentar despojar de dignidad a otra atribuyendo sus actos a una hipotética ciega obediencia a una supuesta tiranía conyugal? ¿Acaso no tenemos libertad para actuar, acaso no somos totalmente responsables de nuestros actos, acaso no tenemos dignidad, acaso no respeto? La respuesta a la primera pregunta me llegó ligera y tibia como un viento equinoccial: cualquiera que acusa en esos términos a otro, es porque en casa tiene lo mismo. Aquello de "se cree el ladrón que todos son de su condición". Pero, ay, hay tantas vidas, tantas opciones.
Me dio que pensar un minuto. En mi caso, mi esposa y yo solemos tomar las decisiones de forma conjunta; en última instancia, la mayoría de veces, hasta reconozco que suelo ostentar la última palabra sobre a dónde vamos, a quién vemos, o a quién dejamos de ver. Aunque cada vez que ella se manifiesta, suele ser para proponer alguna idea infinitamente mejor que cualquiera de las mías; eso también lo reconozco.
No obstante, mentiría si dijera que ignoro su existencia. Sé que existe. La generala. Pues haberlas, haylas. Y es que, oh amigos, más patética que la figura del calzonazos ibérico doméstico, que deja de pronunciarse y manifestar su verdad, eliminando su libre albedrío (tal vez hasta podemos rastrear un cierto componente biológico en ello: la natural tentativa masculina de placer a la hembra; esto puede resultar hasta bonito, en ciertas dosis), es la de la generala salvaje mediterránea, la cual por ignorancia, costumbre funesta, orgullo, neurosis, hipersensibilidad mal gestionada, o cualquiera que sea la razón, impone su ley por doquier dentro y fuera de su casa impunemente.
Personalmente, no puedo sino dar gracias al buen Dios por mantenerme alejado de tales toxicidades. Francamente, me siento dichoso.
Habrá que terminar invocando aquellas míticas palabras del amigo Félix:
"Para que en las noches españolas
no dejen de escucharse
los hermosos aullidos
de la generala salvaje nacional"
Entonces, mi pícara, despiadada e imparcial memoria selectiva vuelve a ponerse en funcionamiento, y comienza a olvidar este feo asunto de culpar a la pareja de nadie...
Eliminando archivos,
Eliminando archivos...
, para retornar a nuestra duramente ganada felicidad, a nuestra arduamente lograda paz, a nuestra en buena hora conquistada y a duras penas mantenida libertad... con la firme determinación en el corazón de no volver a perderlas jamás.
El pasado domingo día 27 de Octubre, tuve el placer de asistir a la II Muestra de Ilustradores murcianos "Murcia Ilustra", celebrada en el Cuartel de Artillería del ínclito Barrio del Carmen (no sé qué tiene este barrio, si es el hecho de que mis abuelos, mi madre y mi tío vivieron mucho tiempo allí, si son los aires de pueblo o de barrio viejo que lo inundan, si es una cierta buena integración del colectivo de inmigrantes y la consecuente multiculturalidad visible en sus calles, si es la comunión entre lo viejo y lo nuevo, o si es simple y sana nostalgia de la niñez al mirar los vetustos y floridos balcones donde otrora yo mismo pudiera corretear creando ensoñaciones postmodernas sobre telón de fondo costumbrista), acompañado de mi esposa y de un viejo amigo.
Allí, entre otros muchos, pude conocer al gran Fran Sáez. Y digo grande con todas las de la ley, porque "el movimiento se demuestra andando". Me lo encontré detrás de una mesa, dibujando esmeradamente con una sonrisa en los labios, una sonrisa que parece a su vez dibujada y entintada con Rotring en su rostro.
-Estoy dibujando mechas- pronunció "mecas"; robots japoneses- ¿Has visto Pacific Rim? Me estoy basando en sus diseños.
Le expresé mi opinión sobre el género mech del manga y anime japonés; le dije que en ese asunto soy más de la visión de Hayao Miyazaki, que declaró, hace ya años, que no comprendía por qué sus contemporáneos (japoneses) seguían dibujando género mech. Que soy más de madera y hoja que de tornillo y circuito, y que a menudo el género no transmite sino pesadillas de tecnología militar, belicismo. También le dije mi opinión sobre la película de Guillermo Del Toro: que la estética estaba muy lograda, pero que le faltaba ese ápice de "poesía" y espiritualidad, de introspección psicológica que tiene el mismo género en Japón. Hablamos de las concomitancias entre Pacific Rim y Neon Génesis: Evangelion, el celebérrimo anime japonés. A su lado había una cuartilla a medio dibujar con un robot bastante vacilón que había sido bautizado como Joe Locomotive, obra de Akira Sanz, otro grande murciano que se había ausentado en ese momento.
-Aún así- continué-, si tengo que elegir un mecha entre todos los que hay, personalmente me quedo con uno bastante desconocido de los años 70s llamado Gangar- dije, con timidez, consciente de la poca difusión que tuvo aquel dibujo animado en nuestro país.
Fran me miró con los ojos como platos, el gesto cambiado. Se levantó con la sonrisa perfilada con Rotring 0.8 y me apretó la mano con fuerza.
-¡Coño, Gangar! ¡Lo conoces!
Mi sorpresa fue equiparable a la suya, pues en treinta y tres años que tengo no conocí a nadie (excepto mi hermano y mis padres) que supiera de un robot llamado Astro Gangar, con cara de hombre y cuerpo metálico bicolor. Hablamos un rato sobre él. Hablamos sobre lo egregio de su diseño, sencillo pero sumamente estilizado, robusto pero a la vez elegante. Hablamos de su extraña naturaleza: acaso no es un robot convencional como su más famoso compañero Mazinger, sino más bien, como apuntó Fran, un golem gigante, ya que está hecho de un material llamado "metal viviente" que la madre de Cántaro (la traducción que le dieron al protagonista, que creo que se llamaba Kenshiro en el original) le legó a éste antes de fallecer. Hablamos de lo especial y particular de su idiosincrasia: mientras otros robots eran pilotados con mandos desde una cabina en su interior, Cántaro invocaba a Gangar, cuando se veía en peligro, mediante un medallón que su madre le dejó. Luego el niño parecía convertirse en energía y se introducía en el pecho del titánico robot, como un hálito, como un espíritu, dando así, como resultado, un hombre con alma de niño. Un hombre de treinta varas de altitud con la ilusión y los sueños de un niño que ha madurado deprisa por el drama de perder a su madre. Seguimos ahondando en lo original de su diseño: su cara parece humana, con un protector de barbilla y un casco. Aquello le otorgaba un aspecto humano, y un punto doliente y trágico reforzado por el patetismo de las trompetas de su muy japonesa banda sonora, llena de acordes menores y salpicada de tintes heroicos. Tenía la mirada perdida y el ceño medio fruncido, y rara vez sonreía. Reflexionamos sobre las razones de su escasa celebridad: Fran apuntó acertadamente que la serie empezó a emitirse pocos meses antes de la famosa Mazinger-Z, cuya popularidad acabó barriendo a Astro Gangar, que fue cancelada. Una lástima , porque creo que la prefería, por su fetichismo, su temática, su argumento... Apuntó Fran que prefería los diseños de los robots de antes porque eran descaradamente horteras: ¿Por qué puede un robot gigante llevar falda romana? Observé que hoy día los mechs suelen ser más funcionales, dada la explicitud a la que hoy se somete toda la cultura popular en detrimento de la abstracción.
Pero si digo que Fran es grande es, como dije arriba, porque "el movimiento se demuestra andando". Henchido de inspiración por la conversación que mantuvimos, sacó una cuartilla y empezó a dibujar como loco.
-¿Te busco una imagen con el móvil?- le pregunté.
-No, no hace falta. La tengo en mente.
Dibujó a Gangar y lo coloreó (con ese rojo carmesí tan de los 70s y 80s y un azul metálico) en cuestión de minutos, no sé... ¿cinco?; así, espontáneamente. Luego me regaló la cuartilla. Habría pagado por ella, os lo aseguro, si hubiera podido. Me la dedicó y la tituló "Astro Antonio". Astros somos todos, pero sentí un agradable y secreto cosquilleo al ver mi nombre sobre el rostro del robot de mi infancia, que nadie conoce. Nos hicimos una foto:
Le salió esandalosamente parecido al original:
Por cierto, Fran... ¡Al final es cierto que tenía un círculo en el pecho! Un círculo con el mismo simbolito del medallón que porta Cántaro: una cruz-estrella:
Se nos olvidó el detalle del circulito, pero no pasa nada. El rato que pasamos fue impagable, tanto como el dibujo que me llevé bajo el brazo y que paseé orgulloso por todo el Cuartel.
Curiosamente, a la salida, me encontré con un amigo (¡uno de los míticos "Gumias" que hacían doblajes caseros de El Señor de los Anillos, con cierto éxito en youtube!), y al ver el dibujo, me dijo...
-¡Astro Gangar! ¡Cántaro!
Con lo que comprobé que somos ya tres los españoles que conocimos al llamado (en Japón) "robot viviente".
Su madre, proveniente de un planeta en extinción invadido por una beligerante raza, lo esculpió a partir de un trozo de metal. Luego lo introdujo en el fondo de un volcán en las profundidades del océano. Así nació Gangar, cuyo nombre resuena en mi corazón. ¿Qué metáfora, siquiera inintencionada, encierra su particular historia? ¿Es acaso Gangar el Hombre que conserva su alma de niño (su pureza, no su infantilismo, pereza o egoísmo) a través de los consejos de una madre que ha sufrido los estragos del exterminio y la muerte, materializados en forma de medallón cruzado?
Como su nombre, su grito gutural sigue resonando en mi interior, en mi cerebro químico y en mi misma alma, con los brazos enormes y poderosos levantados contra el atardecer: Gaaaaan-gaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Gracias Fran Sáez, artista de pro, por ese rato. Gracias Japón. Y gracias, Gangar. Por mucho que cancelaran tu serie. Me propuse verla entera (está íntegramente colgada en youtube en castellano).
Os dejo con el Opening o canción de apertura... Una de esas que, de míticas, hielan la sangre y le retrotraen a uno a otro lugar. Mientras creamos nuevos recuerdos, no está de más bucear de vez en cuando en el mar de sensaciones que conservamos de cuando éramos más vírgenes; por si acaso tal vez podemos regresar habiendo desenterrado algún conveniente tesoro, como un medallón luminoso. Quien se reencuentra con su niño interior está un poco más completo.